Asesinato de Monseñor Angelelli

4 de agosto de 1976

EL 4 DE AGOSTO DE 1976 es asesinado el Obispo de La Rioja, Monseñor Enrique Angelelli. El crimen pretendió ser enmascarado como un accidente en la ruta, lo que en ningún momento tuvo asidero en la mayoría del pueblo riojano, ya que eran públicas las diferencias que el obispo mantenía con el gobierno militar.


El 18 de julio habían sido asesinados dos curas párrocos de Chamical, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longeville y el 25 del mismo mes, en Vichigasta, en el Oeste de la provincia, el laico y cooperativista rural Wenceslao Pedernera. 

 

El “Pelao”, como era conocido Angelelli en la comunidad comenzó a investigar estos asesinatos y fue a Chamical en donde le entregaron testimonios en una carpeta, que luego desapareció. Él manejaba una camioneta Fiat 125 acompañado de otro sacerdote, Arturo Pintos, que quedó desmayado cuando el vehículo volcó en una larga recta.

 

Respecto de lo sucedido, hay versiones de que iba perseguido por otro que lo hizo maniobrar hasta su vuelco. Otra versión era la de un francotirador apostado en el terraplén de las vías del ferrocarril, paralelas a la ruta, quien disparó a un neumático y provocó el vuelco. La autopsia determinó un golpe en la nuca, que habría sido un culatazo. Gente que transitaba la ruta dijo que inmediatamente se cortó el tránsito y había vehículos militares y también personal uniformado.


El Pelao, que abrevó de las conclusiones del Concilio de Medellín y participó con otros obispos del “Pacto de las Catacumbas”, fue perseguido porque por un lado cambió la esencia de la iglesia riojana que, acorde a la época, ofrecía misas en latín y de espaldas a los concurrentes, bancos con cartelitos con el nombre de la familia acomodadas que ahí tenía derecho a sentarse; él, por el contrario, salía a la calle y caminaba como cualquier otra persona saludando con el abrazo o dando la mano y no haciéndose besar el anillo, pero fundamentalmente, no solo dedicándose a la cuestión espiritual propia de la iglesia, sino abordando temas terrenales que tenían que ver con la realidad que vivía la gente, principalmente los sectores más postergados. Propició la organización de cooperativas y sindicatos; la más emblemática fue Codetral (Cooperativa de Trabajadores Rurales Aminga Limitada), que en el año 1973 y aun con el gobierno peronista, nunca pudo concretarse por el boicot de los terratenientes de la zona. En la actualidad, las tierras que la cooperativa gestionaba, siguen mayoritariamente improductivas. Organizó el sindicato de los mineros y el SEDOR, Sindicato de Empleadas Domésticas Riojanas, actualmente de Empleadas de Casa de Familia.


También permanentemente daba su postura sobre los temas de la política y de la acción de gobierno, haciendo hincapié en el bienestar general, principalmente de los desposeídos y tuvo gestos de acompañamiento y apoyo a los presos políticos y sus familias, tanto en la dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse; los apresados del PEN de Isabel y en los primeros meses del golpe genocida del ´76.


Un juez riojano, Aldo Fermín Morales dictaminó en junio de 1986 que no fue un accidente sino un asesinato lo que causó la muerte de Angelelli, pero fue archivado por las leyes de Punto final y Obediencia debida. En julio de 2014, gracias a la sanción en 2003 de la Ley 25.779 que anulaba esas leyes de impunidad, y la declaración de inconstitucionalidad de ambas en 2005, el Tribunal Oral Federal de La Rioja determinó que efectivamente fue un asesinato, condenando a sus responsables.


Hoy el camino para reivindicar su palabra y acción es no dejarlo en una estampita como Beato, sino levantar las banderas del Pelao, que entre otras cosas decían que “la tierra, el agua, el pan y el techo es para todas y todos”.

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